Conan Doyle, el inventor de un detective sagaz e inmutable

Por Jorge Aulicino
Condensado de Clarín Digital, 07/07/2000

Sir Arthur Conan Doyle recibió ese título, el de sir, luego de haber participado en la guerra anglo-boer (1899-1902) que enfrentó a los blancos sudafricanos con la corona, y de haber apoyado con su pluma la posición de Inglaterra. No es el único dato que lo define como un hombre de los buenos viejos tiempos. Como un personaje del imperio.

Nacido en Edimburgo, Escocia, en 1858, Conan Doyle estudió Medicina. Durante sus cursos como practicante, lo impresionó vivamente uno de sus profesores, quien despuntaba un curioso hobby: deducir, a partir de datos que a la mayor parte de los mortales no le resultan relevantes, la procedencia de los heridos de un hospital militar.

Cuando, en 1887, publica la primera aventura de Sherlock (Estudio en escarlata), el personaje es presentado esgrimiendo las mismas dotes de su antiguo profesor en una situación sin duda muy similar a las que él, Conan Doyle, debe haber presenciando.

El primer encuentro

Arthur Conan Doyle

Arthur Conan Doyle

Durante el primer encuentro del entonces joven detective con el doctor Watson —quien se convertirá en su infatigable ayudante y admirador—, el investigador dispara: “¿Qué noticias trae de Afganistán?”

Un conjunto de datos le sirven para asombrar a Watson con ese aparente don adivinatorio: ha visto que el hombre parece estar reponiéndose de una herida puesto que se sostiene el brazo de un modo especial; es médico, puesto que como tal acaban de presentárselo, y médico militar, ya que tiene porte marcial: ergo, fue herido en combate. Afganistán no era la única contienda en que estaba a envuelto el imperio, pero era la única que se libraba en un lugar cálido; como Watson estaba quemado por el sol, sin duda había sido herido allí.

Cinco minutos después, Sherlock y Watson simpatizan. Acuerdan compartir un departamento, ya que uno es un estudiante diletante y el otro un veterano sin mucho dinero, y nace un número mágico en una calle real de Londres: 221b de Baker Street. Mágico porque se ha convertido en el museo palpable de un personaje de ficción, y hacia él peregrinan miles de actuales fans de un detective que nunca existió.

Después del éxito de Estudio en escarlata, Doyle se retira de la Medicina y, cumpliendo con la promesa de Watson a Sherlock (“Yo escribiré sus hazañas”), se dedica a inventar una tras otra historias de mágicas resoluciones de su imaginario compañero de aventuras (porque Watson parece ser el papel de Arthur Conan Doyle en la historia).

Los relatos de Sherlock Holmes se suceden, desde El signo de los cuatro (1890), pasando por Las aventuras de Sherlock Holmes (1892) y El sabueso de Baskerville (1902) hasta Su último saludo en el escenario (1917).

Harto, Doyle trató de deshacerse de su detective decretando su muerte a manos de Moriarty, su principal rival —antecedente de los archienemigos del cómic—, pero debió sacarlo vivo del fondo de un barranco ante el clamor del público. Tal vez no terminaba de entender lo que el público entendía: Holmes era un emblema de la vieja Inglaterra, la que se había terminado con el fin del reinado de Victoria.

Holmes encarnaba no sólo la flema británica, sino también la previsibilidad: por enigmático y sórdido que se presentara el caso, Holmes lo resolvería. Cualquiera, como Watson, podía sentirse cómodo junto a él, seguro. Holmes era un Hércules analítico, no un Quijote. Su escudero nunca experimentaría el desasosiego de Sancho Panza. El crimen se convertía en un puzzle en sus manos. La cachiporra, la esgrima, el revólver, eran otros tantos argumentos intelectuales para él.

El detective que hacía quedar en ridículo a Scotland Yard trasmitía una sensación de vida inmutable. Había nacido en los años que en Jack el Destripador asolaba el barrio de Whitechapel. Jack derrotó de verdad a la policía británica; Holmes era su sustituto.

Tal vez, cuando se sumía en su catatonía acompañada de droga, el detective percibía el abismo con el que lidiaba en realidad. Sigmund Freud asumiría a la vez sus armas analíticas y su abismo. Pues el tipo de lógica que Holmes utilizaba estaba relacionada con algunos escritos de Charles S. Pierce, conocidos hacia 1878 que Doyle debió leer.

No era Holmes un “deductivo”; su razonamiento era de otro tipo. Según Pierce “no hay sino tres clases elementales de razonamiento. La primera, que yo llamo abducción (…) consiste en examinar una masa de hechos y en permitir que estos hechos sugieran una teoría. De este modo ganamos nuevas ideas; pero el razonamiento no tiene fuerza. La segunda clase de razonamiento es la deducción o razonamiento necesario. Sólo es aplicable a un estado ideal de cosas (…) El tercer modo de razonamiento es la inducción o investigación experimental”.

Los estados de cosas que Holmes investigaba no se presentaban ni de lejos en condiciones ideales. De manera que procedía a la abducción (examinar la masa de hechos) para dar un salto hacia la inducción o lógica experimental, que deslumbraba a Watson. En ella había más intuición que pura matemática (véase Crítica…).

Doyle dejó a Holmes en el camino en 1917 y vivió hasta el 7 de julio de 1930. El personaje no podía habitar mucho más en el siglo veinte a menos que se decidiese a ampliar su campo de visión. El relato negro norteamericano tomó la posta. El crimen tendría desde entonces un escenario más creíble: las inasibles ciudades del nuevo mundo donde el enigma es sucio, básicamente vulgar y profundamente arraigado en el funcionamiento social.

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